Lencería y Fascinación (I)

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Lencería, ¿desde cuándo?

La mera evocación de la palabra ya nos sugestiona. Imaginamos la ropa interior y pensamos en (in)comodidad, erotismo, seducción o lujuria. ¿Cuál será la opción vencedora?

Desde todas partes nos llega un mensaje: determinada ropa íntima te hará sentirte especial, diva, seductora, sensual. ¿Seguro? Sí y no. La primera parte es que con una prenda favorecedora nos sentimos bien. Esto es una obviedad. La segunda es que por sí sola no es suficiente, se necesita también la actitud; un poco de autoadoración (en posteriores entregas aprenderemos cómo) de nuestra imperfección. Pero (des)aprendamos a desgranar la paja de todo lo que nos dicen, para eso estamos aquí entre otras cosas.

¿Qué tal un poco de historia?

Tendemos a asociar la lencería con momentos eróticos. No vamos muy desencaminadas/os. Ya Homero, en sus relatos, nos contaba cómo las deidades mitológicas utilizaban las prendas para fines de jugueteo y reconquista amorosa; así, Afrodita le prestó a Hera su ceñidor (antiguo corsé griego) para revalidar el amor de Zeus. Los senos de la diosa, voluptuosos gracias al ceñidor, revitalizaron su erotismo trayendo al amado, loco de deseo, de vuelta.

lencería, inicios. Ruinas de Pompeya Strophium
Ruinas de Pompeya, strophium

Ceñidores (corsés), apodesmos (bandas cobertoras del pecho ornamentadas con cintas de colores vivos), fascias pectoralis (bandas de tela o piel que sujetaban los senos) y strophiums (cinturones que se ceñían por encima de la ropa) estilizaban, comprimían o realzaban la figura y el busto de la mujer griega, ornamentándolos con fines de seducción o sutiles indicativos de disponibilidad. Las féminas de Roma introducen en sus atavíos el subligaculum (conocido popularmente, y con más frecuencia, por ser el taparrabos que utilizaban los esclavos y gladiadores como única prenda) con fines higiénicos y de protección de las partes íntimas; y la subucula (túnica de lana similar a la combinación actual). Helenos y romanos no desestiman la oportunidad de incluir atuendos en sus rituales de cortejo. Parece que el interés por las prendas íntimas no es algo propio únicamente del momento actual.

El corsé se convierte en una prenda símbolo de estatus para las coetáneas de Napoleón. Su uso potenciaba las virtudes de la mujer, estilizándola, reduciendo y marcando su cintura para evidenciar juventud y lozanía (¿que toda mujer casadera debía tener?). De aquí podría partir la famosa (horrible) idea del para presumir hay que sufrir (en próximas entregas intentaremos desmontar este horror), ya que la opresión y peso de los materiales ocasionaba desmayos y desvanecimientos en no pocas ocasiones.

No hay problema. El mundo de la danza salvará a la mujer, entrado ya el siglo XX, influyendo en el ámbito de la ropa interior y el progresivo abandono del corsé por impedir la libertad de movimiento para el cuerpo. Loemos por ello a las bailarinas Isadora Duncan, madre de la danza moderna, e Irene Castle, que popularizó con sus contoneos el foxtrot, el ragtime y los ritmos de jazz. ¿Quién querría bailar estos ritmos pegadizos y sensuales con un corsé constrictor en vez de un delicioso vestido de flapper? Gracias, señoras.

1camiseta tirantes

La tendencia liberadora de la compresión coexiste con el relativo declive de la lencería sexy (debido al conservadurismo de los años 50) que se transforma progresivamente, por la incorporación de nuevos colores y tejidos, en ropa interior muy femenina, sensual y atractiva. El siglo XX se manifiesta como la época de eclosión de la moda interior, exteriorizada con orgullo. Camisetas interiores impregnadas del flower power hippie setentero. Fuera mangas, que los tirantes se  estrechen y estilicen, dejando los hombros al descubierto, y se conviertan en prendas básicas que permitan prescindir del uso del sujetador (por nuestra retina desfilan imágenes de la quema feminista de esas prendas como símbolo de libertad y poder emergente de la mujer).

Llegan los 90. La publicidad (¿recordamos a Herzigova y el wonderbra?), la música (Madonna y sus sostenes puntiagudos de Gaultier) y el cine (¿qué decir del morbo de Jessica Lange sobre la mesa de la cocina en El cartero siempre llama dos veces?), nos reconcilian de nuevo con la moda íntima, vinculándola con la seducción, el coqueteo y el desparpajo. Pero falta algo más, que alguien nos muestre cómo aceptarnos sin autocrítica constante. Deberíamos dejar de ser nuestras peores enemigas. Ya tenemos unos cuantos deberes y frentes abiertos.

La lencería es un elemento importante (que no imprescindible) en el momento de la seducción. Si se le suma algo de actitud (exploraremos esta vertiente en otra ocasión, que no cunda el pánico. Diversión, juego, autoconocimiento y comodidad son básicas (hablaremos en otra ocasión de todo esto). Combinando los factores se puede llegar a interesantes (y diferentes) conclusiones.

@anycka7 en Diván Inquieto

Anycka HC en Consentimiento.net,  mayo 2015

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