¿A quién buscas, Jay Gatsby?

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Fitzgerald, Steinbeck, Dos Passos…

Los felices años veinte. Esa época obscena, libertina, clandestina y desenfrenada. El momento de gestación del concepto del sueño americano. La fábula según la cual una persona, cualquiera que fuese su origen, con empeño, determinación, ideales y coraje era capaz de crear su epopeya de prosperidad y reinvención de la propia existencia. Un retrato de la opulencia y los excesos. El temor ante la escalada de los derechos sociales y la igualdad que eso pudiera conllevar. Una feroz fantasía de frivolidad, éxito, superficialidad y meras poses desbocadas que se encamina sin freno hacia la tragedia y el declive culminando en el desastre de 1929.

Un colectivo de escritores estadounidenses entre los que destacan figuras como John Dos Passos, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck o el mismo F. Scott Fitzgerald constituye la Generación Perdida exiliada en París y otras ciudades europeas en un periodo ubicado entre el final de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión. Este grupo plasma en sus obras la escena social de la época, esbozando los devastadores efectos de la Depresión en los campesinos estadounidenses dibujado con pericia por Steinbeck en Las uvas de la ira o el ocioso materialismo de una sociedad estadounidense al borde de la apatía, retratado magistralmente por  Fitzgerald en El Gran Gatsby.

El encuadre que nos ocupa se ubica en la primavera de 1922, a caballo entre el asfixiante calor del asfalto neoyorquino y la ilusoria sensación de frescura del césped de las mansiones del Long Island West Egg. Con la excusa de contemplar la recuperación de un idealizado amor perdido asistiremos a una exhibición de vanidades, crueldad y egoísmo supremos.

Algunas veces implicado en la historia, otras como observador entre las sombras Nick Carraway (Sam Waterston/Tobey Maguire), será el encargado de guiarnos a través de ese baile de máscaras, nos ayudará en el sutil análisis de los motivos, explicaciones y causas de que los personajes actúen del modo en que lo hacen. Carraway es dibujado como el amigo leal, cuasiobjetivo e imperturbable no contaminado por prejuicios, dólares o vanidad. Capaz de distanciarse para contemplar e interpretar el discurrir de la acción, compadeciéndose de la inocencia de quien pretende aparentar ser el más fuerte. Su parentesco con Daisy Fay (Mía Farrow/Carey Mulligan) constituirá  el elemento facilitador del retorno de la esperanza en Gatsby. Tom Buchanan (Bruce Dern/Joel Edgerton), es la radiografía del hombretón superficial e insensible que justifica sus desleales acciones como una necesidad masculina frugal y carente de importancia. Es una de esas personas encantadas de escucharse a sí mismas, predicar e iluminar a un distraído público, cansado de escuchar sus arengas, con la exposición rimbombante de datos e ideas preconcebidas que reafirman su retrógrado pensamiento en cuanto a la evolución de las sociedades.

Así, en un breve pero curioso pasaje de la obra (e igualmente reflejado en su versión fílmica) observamos cómo un coche fúnebre, oráculo de un neblinoso futuro, e inmediatamente después una limusina, conducida por un chófer blanco, en la que tres jóvenes negros frivolizan, se divierten y les miran con orgullosa rivalidad, se cruzan con Nick y Jay, simbolizando la materialización del horror que está por venir para amedrentar a la casta aria dominante. En un minúsculo instante se materializa la pesadilla. Cualquier individuo o grupo con potencial e ideas es capaz de sobresalir y destacar en la tierra de las oportunidades.

Es El Gran Gatsby una obra sobre la fantasía del amor pretérito idealizado, una desgarradora fábula sobre las apariencias, el vacío, el sacrificio en vano, los encuentros cara a cara con la verdad o lo que ésta parecía ser y el decepcionante descubrimiento de la soledad envuelta en un halo de tristeza. Del mismo modo se enreda en la trama principal un relato detectivesco con translucidas pinceladas de escenas de corrupción y negocios turbios paralelos a la Ley Seca instaurada en 1919.

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El gran Gatsby, Jack Clayton, 1974

Fitzgerald y su Generación Perdida tratan de hacer una reconstrucción de la cultura occidental, para ello adaptan y reconstruyen los mitos. De ahí que podamos interpretar a Gatsby (Robert Redford/Leonardo DiCaprio) como un héroe romántico y trágico atormentado por el paso del tiempo cuya misión constituye en encontrar y recuperar el pretérito amor idealizado.  El propio Gatsby es una figura intermitente y misteriosa al principio de la obra, se materializa en escasas ocasiones y sólo anhela la compañía de aquellos que no le buscan, pues en ellos hallará la auténtica sinceridad, tal es el caso de Nick, que se convertirá en el único y fiel amigo que  acompañará la alegría y tristeza de Gatsby o el hombre feliz entre los anaqueles de la biblioteca, ojos de búho, que ha conseguido ver más allá de la fachada brillante tras la que Jay pretende ocultarse sin hacerlo. La búsqueda constante de la perfección acaba por conducirle a la decadencia y la miseria. De un modo paralelo, Fitzgerald y su esposa, Zelda empiezan a llevar el mismo tipo de vida opulenta que esa fastuosa sociedad cuyo carácter se modifica en función de los ingresos. El autor se convierte también de este modo en el personaje errático y decadente que en ocasiones es Gatsby.

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El gran Gatsby, Baz Luhrmann, 2013

Las fastuosas fiestas en la imponente mansión del taciturno héroe no son sino la esperanza de que en alguna de ellas Daisy Fay, el hada de un mundo de fantasía perdida, revolotee entre la multitud con su maleable y frágil inconsistencia. Para Jay Gatsby todo su armazón vital no tiene otro fin que el de impresionar a su dama, supuestamente infeliz en su jaula de oro. Daisy se nos muestra como una criatura bobalicona, fácilmente deslumbrable por las apariencias, cuya vacua existencia consiste en la construcción de fachadas. Llaman la atención no obstante, algunos pensamientos de la dama que nos inducen a pensar que su modus operandi frívolo y banal no es más que un mecanismo de protección para evitar sufrimientos anímicos. Prefiere la opulencia a la felicidad del amor virginal que Gatsby le ofrece. Permite que nos asomemos al descuidado balcón de su mente cuando proclama que una mujer no tiene mayor bendición que ser una tontita preciosa. Y se siente poderosa cuando en mitad de la conversación sobre el potencial temor por la lucha de clases (aludiendo a El ascenso de los imperios de color de Henry Herbert Goddard) se gira hacia el sol para recargarse con la fuerza y supremacía del astro y así poder ‘aplastar’ al invasor enemigo. Aun así se genera la duda de si esto es una máscara o convencimiento real. Arropada por el aparente beneplácito de su fiel amiga Jordan Baker (Lois Chiles/Elizabeth Debicki) esbozo de una mujer de maliciosa inteligencia, independiente, tramposa y manipuladora, su existencia discurre entre el apático vacío y la nada.

Mientras tanto, en otro lugar no muy lejano, el industrial valle de ceniza, presidido por un enorme cartel del Dr T.J. Eckleburg, con gafas y ojos gigantescos, deidad vigilante que contempla sin juicios todo  aquello que acontece bajo su atenta mirada. La gasolinera de George Wilson (Scott Wilson/Jason Clarke), un hombre inocente y austero atormentado por la irracionalidad y la confusión, aporta el combustible y las piezas que mantienen la fruslería banal de los ricos, por herencia o trabajo propio, de paso en pos de aventuras mitigantes del vacío existencial que los envuelve.

Y Myrtle Wilson (Karen Black/ Isla Fisher), la superficial mujer, amante del ostentoso Buchanan, que aborrece la honestidad de lo humilde para correr tras el vacío brillo de los espejismos y el desprecio velado que le hacen sentirse venerable, especial y deseada. Todo aquello que George Wilson, enfrascado en la costumbre, supone que no le aporta.

Insinuados viajes al inframundo, al que Jay Gatsby acude de modo esporádico y sin enorgullecerse para tomar aquello que ayude a sobrevivir en la volátil superficie y que le ha permitido construir la brillante imagen que anhelaba de si mismo ya desde la infancia, de la mano del opaco ‘amigo’ Wolfsheim (Howard Da Silva/Amithab Bachchan) que reflejan que toda faz luminosa tiene su reverso oscuro, mas no se deja arrastrar por ese lado siniestro porque no se recrea en sus operaciones neblinosas ni se arrastra por codicia. Intenta regirse por la ética de lo correcto, indirectamente sugerida en la escena de la biblioteca narrada en la obra, omitida en la versión cinematográfica de Jack Clayton (1974) y recuperada en esta nueva revisión de Baz Luhrmann (2013). La biblioteca, con libros que… ‘son de verdad’ como les dice el individuo… con gafas enormes y ojos de búho (la misma estampa del Doctor Eckleburg como silenciosa deidad observadora de los acontecimientos). Un pequeño oasis de certeza y realidad en el que no ha lugar a dobles interpretaciones y todo es lo que parece entre las figuras ilusorias de la fiesta.

Fitzgerald The Great Gatsby

Gatsby vs Wilson

El hombre hecho a sí mismo cual moderno Trimalción, que ha adquirido posición y fortuna a través de su trabajo y perseverancia, y el humilde mecánico de la gasolinera son aparentemente opuestos a la par que semejantes en cuanto al origen modesto de ambos. La pulcritud de apariencia, carácter y autodisciplina del hombre de las fiestas frente a la tosquedad del mecánico temeroso que sólo quiere recaudar lo suficiente para poder escaparse con su amada y tratar de enderezar, recomponer y salvar una destartalada existencia. Sin embargo, ambos hombres se parecen en el amor desinteresado que profesan a la mujer equivocada y falsa que en ninguno de los dos casos es capaz de valorar la retahíla de sacrificios y renuncias de esos hombres por su amor no correspondido. Myrtle desprecia a Wilson por su aparente falta de brillo en la fachada. Daisy repudia esporádicamente a Gatsby por cobardía y comodidad. Ambas pueden estar renunciando, sin saberlo a la felicidad pura a que conduce el amor verdadero de aquellos que renunciarían a cualquier bien terrenal sólo por contemplar siquiera un instante la cándida sonrisa de su amada.

J. Eckleburg vs Nick

Ambos personajes visualizan algunos eventos desde la distancia. Nick contempla impertérrito el bullicio y los festejos de la mansión de Gatsby, ubicada enfrente de su modesta vivienda. Eckleburg, desde la posición elevada que corresponde a las entidades divinas, se introduce en la vida y mentes de los Wilson observando imperturbable la gestación de una azarosa tragedia. La única diferencia atisbada entre Carraway y Eckleburg estriba en la incursión de Nick como elemento a veces partícipe en la historia con un talante conciliador mientras que el Dr Eckleburg se mantiene estático en su atalaya, desde donde divisa silencioso el desarrollo de los acontecimientos.

Myrtle vs Daisy

Ambas mujeres encarnan la belleza ornamental de las flores. El mirto como una planta decorativa que adorna y aromatiza las estancias con su perfume sutil. Myrtle encarna el espíritu de lo ocasional, el objeto al que se recurre como alternativa para evadirse momentáneamente de lo cotidiano. De tal modo no tiene cabida en la vida de Buchanan sino en momentos esporádicos, cuando él necesita evadirse, sentirse admirado o únicamente poderoso. Sólo en esos momentos los delirios de grandeza pueden materializarse en esta codiciosa cenicienta. Daisy, por contra, es la flor aparentemente sencilla, frágil e imperturbable que permanece en su lugar, resistente a la siega. Su elemental belleza no la exime de ejercer un poderoso atractivo sobre quienes se cruzan en su camino, así ya en su juventud infinidad de oficiales rivalizaban por su amor, aunque solo Jay Gatsby consiguió retenerla más de una noche mostrándole que lo incondicional es posible. Pero nada es permanente para una ninfa voluble y caprichosa. Ante una oferta deslumbrante lo sincero queda atrás y así el amor relegado a la categoría de lo fantástico cuando el falso sonido del oro tintinea en el bolsillo. Buchanan consigue el trofeo y deshoja casi hasta el último pétalo, aferrando con fuerza caprichosa e infantil lo que Gatsby venera con amorosa devoción. Mientras, la pérfida dríada disfruta con la contienda apostando por el brillo de lo vacuo a sabiendas de que eso puede costarle su propia felicidad. Y no importa nada porque su alegría consiste en la desgracia de otros.

Esta novela, considerada como una de las obras más importantes de la literatura norteamericana del siglo XX, refleja con brillante maestría el juego de luces y sombras de la especie humana. Muestra cómo es necesario mantener la mascarada de la mediocridad del carácter para sobrevivir en un entorno hostil. Pero también habla sobre la esperanza, el amor puro, el valor de la auténtica e incondicional amistad y de cómo un fortuito malentendido es capaz de desencadenar una tragedia épica.

Un guión de Coppola, sinónimo de calidad, introspección y éxito, garantizó que, arropada por la presencia de actores de la talla de Robert Redford o Mia Farrow, Jack Clayton, ya en 1974, dirigiera una cinta en la que quedó plasmada con total brillantez cada dimensión de lo que Fitzgerald pretendió reflejar en la obra. Una sucinta reflexión sobre sus anhelos, temores y dramas al haber sido durante largos periodos de su vida un pobre elemento extraño entre los ricos.

Ahora albergamos cierta curiosidad y bastantes expectativas sobre la adaptación que Baz Luhrman, 39 años después, haga de esta, ya clásica, obra. Para ello se ha rodeado de intérpretes de la talla de Leonardo DiCaprio o Carey Mulligan que nos han convencido de su solvencia en recientes obras como Django Unchained (2013) o Shame (2012), de la que ya hemos hablado en el diván.

Anycka HC en Iwrite, 2013

Revisión para Diván Inquieto, 2015

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