¿Qué buscas, Jay Gatsby?

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Gatsby o el sueño americano

Parece que al ver la luz, en 1925, el retrato de la vacua sociedad de la época plasmado por Francis Scott Fitzgerald en El Gran Gatsby, el éxito de su visión de las costumbres de la sociedad del momento fue poco menos que discreto. Igual camino siguieron las versiones cinematográficas de la obra, Herbert Brenon (1926, copia muda de la que no han llegado a nosotros más que algunas escenas sueltas), Herbert Nuggent (1949), Jack Clayton (1974), Robert Markowitz (2001). Y para continuar la tradición, la revisión de Luhrmann (2013) no podía hallarse exenta de polémica.

En cualquier caso, nada nuevo bajo el sol, dados los tiempos neblinosos, turbios y ramplones en los que estamos aprendiendo a habitar sin cuestionarnos casi nada. Las cosas son así porque no pueden ser de otro modo, parecemos pensar.

¿Por qué no acabamos de entender que la esperanza, valores altruistas o erráticos motores de comportamiento como desencadenantes de fortuitas tragedias son elementos cruciales y determinantes en los acontecimientos? ¿Qué decir de la historia de amor como una idealización fantástica del romanticismo en el que todo acaba en tragedia?

¿No se puede hablar igualmente de la gestación de una amistad auténtica, como reflejo de lo único puro y virginal que se muestra en toda la obra, entre Carraway y Gatsby? O la fatalidad que subyace al canto de sirena hipnótico y vacío simbolizado en esa luz verde que aparece y desaparece frente a Jay modelando su aparente y maltrecha cordura.

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Gatsby, héroe meditabundo de triste y turbio presente parcial, de pasado en construcción de un proyecto vital de gloria y fortuna con objetivo concreto. Es aquel que ilumina las vidas de otros con su sola presencia. Un personaje que irradia serenidad y calma, aportando seguridad a aquellos que son capaces de adentrarse más allá de la fachada. La invitación para Carraway, único asistente ‘legal’ a sus fastuosos eventos, es la llave que le permitirá tener acceso a sus más recónditos secretos. El narrador ubicuo, posible escondite de Fitzgerald, y fiel compañero de James. Recoge, desde la perspectiva del origen humilde, la carrera ascendente de un hombre que ha forjado su propio destino, describiendo línea tras línea cómo la materialización del sueño americano es posible con un poco de ambición.

No obstante, pese al trasfondo con tintes policiacos, la esencia última de Gatsby es el romanticismo. El afán por remodelar el tiempo, por recuperar el pasado y contextualizarlo en un idílico entorno de etéreas flores blancas y adorables dulces. Nada es suficiente, al  recuperar ese momento mágico con mejorados artificios, para encandilar al pretendido corazón congelado e inestable. La fantasía del amor eterno, puro e incondicional sólo se halla en su mente, en realidad no existe (¿lo hizo alguna vez?).

Todo aquello no fue más que un espejismo porque su origen humilde habría echado mil candados al instante. La historia de Cenicienta sólo  ha funcionado con sencillas señoritas. Resultaría harto inadmisible en caballeros. A pesar de todo persigue y recupera su sueño aun siendo de manera efímera.

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El gran Gatsby, Jack Clayton 1974

Daisy es una de esas damiselas que ya han renunciado a una vida propia. En un lejano o paralelo pasado tal vez habría optado por improvisar su camino mágico, pero la desesperación del tiempo, la soledad y el hipnótico sonido del oro adormecieron sus sentidos y ahora habita en su inerte existencia apenas deambulando, dejándose agasajar y contemplar como una bella flor que es, sin muchas más pretensiones. Disfruta, cual hada voluble, de las disputas que por ella se originan. Su naturaleza veleidosa no hace sino que por su causa se encadenen desdichas y tragedias. Buchanan o Gatsby, igual le da uno que otro. Ganará quien haga la mejor apuesta, sólo el falso brillo vence. La verdad no importa, incluso eso se puede comprar.

Aquellos refulgentes invitados muestran todo lo que la fachada es capaz de materializar. Codicia, cobardía, vacío u oportunismo no son sino aperitivos del elaborado menú de lo superficial. Ejemplares esperpénticos y grotescos que reflejan sin anacronismos que los peores defectos de la especie humana no se transforman ni desaparecen con el transcurso del tiempo. Todo cuanto saben hacer es una transformación para perfeccionarse en herramientas más crueles si cabe.

Los seres más pretendidamente bellos mutan a insaciables monstruos capaces de, con un simple chasquido, devastar todo lo que a su alrededor se halla.  Y desentenderse al momento con impávida crueldad del apocalipsis que sus oscuras, vacías y perversas almas han generado.

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Gatsby Luhrmann, 2013

Fruslerías, despreocupación y exhibición de vanidades en equilibrio con la apatía se convierten en el modus operandi de la casta pudiente en esos felices años 20 que Fitzgerald retrata con brillantez en la sutil descripción de perfidia y crueldad de quienes se creen merecedores del manejo de los destinos de otros. Venganza, corrupción, egoísmo, desidia y maldad cimientan el vertiginoso declive de la sociedad del bienestar, cuya conclusión se materializa en el Crack de 1929. En ese momento, casi todos se convirtieron en iguales acaso por unos instantes.

Nada de todo esto nos es muy ajeno en la etapa que vivimos. Personajes sombríos y de dudosa reputación y honradez pavimentan nuestro destino que, inevitablemente, parece estar abocado a la soledad y la tragedia. Igual que en ese momento que tan bien conocieron el autor y el personaje.

Luhrmann ha dotado de espectacularidad visual, luminosidad, pompa y boato la puesta en escena de los festejos en la mansión del héroe. Nada es suficiente para deslumbrar. Esas fiestas glamurosas y opulentas, como un personaje excesivamente recargado más, son si acaso el único punto en ocasiones discordante, los ritmos hiphoperos no parecen introducirnos en el ambiente del mismo modo que lo habría hecho alguna adaptación de versiones del jazz de la época. Salvo eso, magistral interpretación del sentido que Fitzgerald pretendió imprimir  a su obra.

Anycka Hc, @anycka7, para Contraescritura 2013

en Diván Inquieto, 2015

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