Las sombras se volvieron invisibles, o algo.

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50 sombras de Grey o cómo convertirse en expertos sumisos de lecturas efímeras

El fenómeno del boom mediático de las sombras de Grey no es nuevo. No hace tanto tiempo nos encontrábamos sumergidos en las tramas oscuras cardenalicias relatadas con acierto en El Código Da Vinci, continuó con su prolongación de Ángeles y Demonios, cohabitando con éxitos como la saga de Harry Potter  o La Catedral del Mar que convirtió la zona del barcelonés barrio del Borne en lugar de peregrinación para contemplar la iglesia de Santa María del Mar retratada en la novela.

Ahora hemos pasado de las tramas de intriga semihistórica a algo más tangible y experimentable. Nos convertimos de repente en pequeños expertos en las artes de la sexualidad más o menos depravada, eso ya lo determinará el factor de osadía de cada cual. O la capacidad de imaginar, visualizar y experimentar todo el espectro de sensaciones a los que Grey y su pupila, Anastasia, nos permiten asistir.

¿Para quién es este folletín?

El espectro de lectores a los que arrastra esta singular aventura es amplio y variado: desde adolescentes impresionables que esperan ansiosas/os la llegada de un guía/protector/mecenas poderoso que les ilustre tanto a nivel emocional como sexual, hasta ‘evolucionados’ fans del fenómeno Crepúsculo que esperan contemplar en los lascivos encuentros entre Ana y Grey una versión más perversa de la tempestuosa relación de dependencia emocional de Bella y Edward. Entre medias se encuentran algunas mujeres de mediana edad, fans incondicionales de los amoríos de Corín Tellado, expectantes por encontrar una tierna historia romántica, que presencian, impávidas, extrañas maniobras gimnásticas que jamás pasaron por su mente y se preguntan qué sentirían al experimentar ese tipo de sensaciones inimaginables, eso sí, siempre que su maestro de ceremonias fuera un apolíneo especimen similar a Grey, tanto en cuanto a su atractivo físico como al ‘importantísimo’ tamaño de su verga, cosa que nos es recordada con frecuencia durante la obra. También parece ser que se está convirtiendo en la biblia de las ‘mujeres espontáneas y liberadas’ de nuestro tiempo que anhelan empezar a disfrutar de no poseer voluntad propia y quieren y necesitan una mano masculina en su vida que las guíe y enderece. Hay quien llega incluso a decir que ‘es un libro que todas las mujeres deberían leer’.

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Por otra parte, el sector masculino se halla totalmente anonadado por el ansia de experimentación de sus consortes, curioseando las páginas y preguntándose si estarán a la altura del tamaño y las maniobras. ¿De verdad es necesario ese castigo? Algunos buscarán prótesis mágicas de esas que prometen alargamiento del miembro, otros irán de cabeza en busca de un terapeuta, una enciclopedia o un confidente a quien exponer sus temores y dudas.

Curiosa paradoja: siglos de reivindicación femenina intentando buscar la igualdad, liberándose del yugo de la consideración como mero objeto sexual para el disfrute masculino.  Y ahora, en una obra en la que se doblega la voluntad de la mujer, ‘todas encantadísimas de la vida’. Y sí, es ficción, sólo ficción, de momento… Una mujer independiente, de ideas claras, inocente y aparentemente dócil, encandila a un apuestísimo príncipe azul de un mundo muy lejano al suyo y, embelesada por su atractivo, sucumbe de tal modo a sus encantos que voluntariamente pierde toda noción de realidad, pensamiento e intereses propios.

¿Pueden este tipo de libros incitar a la lectura?

El valor o calidad literaria de este tipo de publicaciones es bastante discutible. De tenerlo, se limitaría a la identificación por su adaptación al tiempo presente. Estamos inmersos en el mundo de lo inmediato, en una dimensión en la que lo único que se asimila es lo que viene por la vía sencilla, masticada y digerida, y por la recepción de una imagen. La creatividad, la capacidad de imaginar, sugerir e imbuirse en mundos esbozados y abiertos está desaparecida o se ha reducido a la mínima expresión. Un lector que se sumerja en este tipo de lecturas sintéticas no va a ser capaz, por lo general, de evolucionar hacia textos más elaborados. Sí, disfrutará de estas lecturas por que no hay mucho en lo que pensar, ya viene todo completamente desbrozado para una sencilla y fugaz asimilación. El siguiente paso de la evolución lógica, que habría de ser un acercamiento a textos superiores, no llega a darse por su dificultad. Para este tipo de lectores moda la literatura es una maniobra de evasión, no un vehículo de cultura, aprendizaje e inmersión en mundos paralelos.

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Incluso los incautos y osados consumidores de este tipo de lecturas no imaginan siquiera cuáles pueden ser las bases de estas obras. Conocidos depravados públicos de la talla de Henry Miller con su escandaloso Trópico de Cáncer (1934), Anaïs Nin, destapando unas calenturientas vivencias en sus diarios amorosos: Henry, su mujer y yo (1931-1932), Incesto (1932-1934), Fuego (1934-1937) y Más cerca de la luna (1937-1939), en los que relata sin tapujos su intensa vida amorosa y sexual. En Delta de Venus, su obra póstuma, publicada en 1970, se compilan una serie de relatos eróticos realizados por encargo para un excéntrico cliente demandante de sexo explícito. E incluso el conocido Marqués de Sade ¿de dónde vendrá el sadismo? de la mano de Justine o los infortunios de la virtud (1791), todos ellos vienen a mostrarnos que las fantasías más perversas ya vieron la luz tiempo atrás ¿Qué decir del Kamasutra? (entre el 240-550 d. C.), ese famoso manual erótico, que proviene del oriente, del que todos hemos oído hablar, que nos sonroja pronunciar su título en según qué entornos.

Y ahora también nos convertiremos en expertos sobre esa ¿moderna? publicación gracias al Kamasutra de Grey. Menos mal que en nuestro desierto de monotonía erótica han llegado estas obras para iluminar la experiencia sexual… UAU!!

Antes del universo Grey parece que no existiera el fenómeno erótico en la literatura… Y al llegar el ocaso de tan experimental moda la llama de la pasión volverá a extinguirse hasta una nueva era.

El singular fenómeno de la doble moral

Personas de un amplio registro de edades se han convertido, de la noche a la mañana, en exploradores/as sexuales. Se habla de los libros, se debate sobre las experiencias relatadas en sus páginas. Los hombres se hallan en un estado entre entusiasta y perplejo porque de repente sus parejas han ampliado sus límites, han decidido que puede ser interesante renunciar a una voluntad e identidad personales en favor de la experimentación del placer vinculado al dolor.

Pero, llegado el momento, sigue siendo absolutamente tabú hablar de actos tan simples, placenteros y fuentes de autonocimiento como la masturbación, relacionados con uno mismo. En ocasiones roza incluso lo épico el hecho de pensar y/o practicar en solitario esta técnica autoerótica. No se consigue adquirir la capacidad de compartir esas experiencias personales con otros. ¿Por qué, si de lo que en el libro se describe conversamos sin apenas pudor? E incluso, un paso más allá, hay quien rápidamente en público explica que ‘eso está bien para otros, pero yo no hago cosas de esas’. Otros/as nos ilustran con bastante nivel de detalle sus fastuosos encuentros amatorios. El sexo es menos ‘amenazador’ si está escrito y si parece algo ‘blando’ aunque en realidad sea bastante duro.

Tess la de los Durberville

Casi nadie hace alusión a la repercusión anímica que todo el trasfondo de la aventura erótica tiene en los personajes. O a la curiosidad de Anastasia por emular a Tess Durbeyfield, la heroína de Thomas Hardy en Tess la de los d´Urberville (1891). Mucho menos se relaciona al bollito Grey con un maltratador en potencia. Su comportamiento dominador se tolera y perdona en base a su imaginada triste y complicada infancia y a su magnético atractivo físico y supuesto carisma sexual (¿o será el carisma de su cartera lo que tiene embelesadas a las féminas?, ojo, que no a Anastasia).

De todo esto hemos aprendido que:

Las chicas inexpertas, introvertidas, inteligentes y sumergidas en mundos propios sucumbirán a los subyugadores encantos de atractivos desconocidos permitiéndoles tomar posesión hasta del último resquicio de su existencia. Una chica extravertida, ‘de mundo’ que ya haya tenido una vida exterior ‘normal’, ya ‘se las sabe todas’ y no se dejará seducir por perversos atractivos, sólo por hombres corrientes que no necesitan hacerlas soñar.

El consumo de este tipo de productos multitudinarios nos ayuda a no sentirnos diferentes ni excluidos de la sociedad. El mero hecho de portar cualquiera de los volúmenes en el transporte o, a solas, en cualquier lugar público, nos genera una marca de grupo. No estamos solos, establecemos un vínculo con las mujeres liberadas que devoramos ese libro y con los ‘pocos hombres curiosos, qué monos, cómo nos encantan’, que se asoman con sorpresa para ver en qué andan tan concentradas sus ‘eruditas acompañantes’.

No obstante la publicidad y el marketing han conseguido el efecto buscado: la generación de polémica. Por unas cosas u otras estas obras de fácil digestión se leen, aunque sea a saltos, desechando tanto sexo raro para ver cuándo la chica consigue con su cándido amor que el galán modifique su comportamiento y esos malos hábitos y todos podamos ‘volver a hacer el amor y a follar como toda la vida’, que empezamos a tener dolores musculares y agujetas con tanta acrobacia.

De la película, mejor ni nos acordemos, jo tía, jo tía, yo esperaba más, pensaba que iba a ser distinta. Pues eso.

Anycka HC en Iwrite, 2013

Revisión para Diván Inquieto,  mayo 2015

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