True Detective II ¿Qué pasó después del éxito?

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True Detective: claves para buscar la reconciliación

true detective mark

El rey (de) amarillo nos mantuvo en vilo en  la temporada anterior. Un conflicto estructurado en dos arcos argumentales solapados entre sí con brillantez. La oscuridad taciturna de Cohle (Matthew McCougnahey) ensamblada con la aparente mediocridad de armonía monótona familiar y personal de Hart (Woody Harrelson). Un pueblo árido de dudosa moral que oculta lo que no debe ser visto y simula que no existe. Una religión castigadora y castrante. Un interés visceral en la resolución de un caso como expiación del drama personal. Y todo salpimentado con reminiscencias del universo lovecraftiano.

Y algo así esperábamos al llegar la nueva entrega. Mucho se especuló con la brillantez de la segunda temporada, las pequeñas dosis de muestra del reparto auguraban escepticismo, amores y odios. Casi nadie se atrevió a dudar de que un actor proveniente de la comedia fuese a dar la talla, después del zambombazo de McCougnahey. ¿Quién osaría decir lo contrario?

Sin embargo Frank Semyone (Vince Vaughn) convence a medias, le falta algo, se muestra como un villano quiero y no puedo a tiempo parcial, superado por el esbirro Blake (Christopher James Baker) y esto, entre otros despropósitos, está pasando factura a la temporada. Velcoro (Colin Farrell), Bezzerides (Rachel McAdams) y Woodrugh (Taylor Kitsch) nos mantienen a la espera de un giro en la acción que nos fagocite violentamente hacia o desde dentro de la trama, pero ese momento no llega.

El puente común entre ambas entregas, la corrupción: moral en aquel caso y  económica y política en este. El mal era difuso y escurridizo en aquella ocasión, la impredictibilidad se convirtió en la moneda de cambio. Buena parte de los eslabones de la cadena estaban podridos, pero siempre dentro de una amplia escala de grises. El terror y la locura habitaron tanto en la omisión como en el aura siniestra de lo cotidiano.

(Inciso: este tema habría pegado un poco más como cabecera, ¿o qué?)

En esta ocasión un contenido farragoso, tal vez intentando emular alguna de las novelas negras de Raymond Chandler, poco frenético (ni visual ni mentalmente) salvo en momentos muy puntuales, lento y flojo a ratos y difícil de seguir, ¿seremos incapaces de percibir los detalles ocultos de la serie? A lo mejor es que si no estamos muy versados en el género negro nos perderemos sin ver los vericuetos simbólicos o tal vez sea que los conflictos entre Fukunaga y Pizzolato han pasado factura y el éxito sin precedentes de la primera temporada se le subió a alguien demasiado a la cabeza. Estas son algunas de las incógnitas mundanas que se nos plantean.

Sin embargo, aunque estemos a punto de tirar la toalla y continuemos en la serie por inercia, preguntándonos si tiene algo que ver la identidad sexual de Woodrugh, los (in)contenibles coqueteos con el abismo y las justicias invisibles de Velcoro, los problemas de Bezzerides con el juego, su aparente repulsión al sexo o la infertilidad de los Semyone y qué relación guarda todo esto con la trama principal del el asesinato de Caspere, no desesperéis, medio mundo está en las mismas, rebobinando casi cada escena tratando de entender quién es quién, quién dijo qué o quiénes son los malos más allá de las apariencias. Menudo pandemónium, ¿dónde quedó la brillantez de la temporada anterior?

Démosle una última oportunidad, seamos benévolos y, al igual que en la temporada anterior amuletos, gráficos, dibujos o distorsiones eran objetos de interés claves en la investigación, en esta ocasión también hay elementos que forman parte de lo cotidiano con su correspondiente carga simbólica, a saber:

Los entramados de carreteras radiografían las vidas individuales, la interconexión entre la existencia de los personajes, la dirección que toman y su capacidad de elección, o no, entre múltiples opciones. Inducen a la incomodidad y la incertidumbre, envolviendo contexto y entorno en un ambiente temible, sórdido e incierto del que desconocemos el porqué.

true detective roads

Montañas horadadas que muestran el supuesto dominio del hombre respecto a los elementos. Las carreteras han profanado la tierra, la corrupción gana, el villano moldea el espacio a su imagen y semejanza, ¿y si esto pudiera significar su caída? (Caspere asesinado) ¿y si la supremacía del dominador estuviera a punto de derrumbarse? La ciudad fábrica de Vinci (Vernon, cerca de LA) es un despojo en sí misma que ha transformado la honradez del trabajo del hombre en un sórdido agujero de corrupción y maldad. Y el océano al lado, vigilante y amenazador.

Las formas de esas carreteras aluden al sexo y las relaciones tormentosas y distorsionadas de los personajes por su causa, a los órganos reproductivos, a los bloqueos, a la identidad, a la necesidad de seguir una línea recta y definida (y por qué) o abandonarse y dejarse llevar.

El club Bohemian Grove (fuera de la ficción club masculino y elitista de ilustres personajes conocidos), patio de recreo de la corruptela, oculta tanto como muestra. El lugar nos traslada a la mansión de las escenas orgiásticas de Eyes Wide Shut e igualmente se muestra como una metáfora de la frustración masculina, hombres que parecen tenerlo todo pero necesitan alquilar el sexo (y, pese a ello, no siempre conseguirán el placer que ansían porque no es lo carnal lo que les excita realmente). Al tiempo, se destapa el origen de la conflictiva relación con los hombres (marcada por la figura del padre no implicado y ausente, una madre desaparecida y una sutil relación amor/odio fraternal) y el sexo de Bezzerides.

La imaginería animal

En el estanque del club hay una estatua de una lechuza que se yergue, amenazadora, sobre el lago. Salvo en la cultura griega, para la que simboliza prudencia y conocimiento, tanto para los egipcios como en oriente presagia malos augurios, temor, miedo y ausencia de acción. Recordemos que el atacante de Velcoro portaba una máscara con cabeza de pájaro, en el picadero de Caspere hay algunos patos, en la casa del padre de Ray o en la oficina de Chessani. El pájaro es elemento común en la trama del caso.

La luna

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Continuamos en ese club, lugar de maldad, pérdida, opacidad y depravación. La luna distorsiona y perturba lo conocido y familiar, convirtiendo en un momento lo cotidiano en terrorífico. Si aún esperábamos una breve conexión con Lovecraft, aquí podría hallarse detrás de su simbolismo. El verdadero horror se agazapa en las situaciones más casuales. Un rayo de luz  proyectado en la oscuridad podría reflejar el acceso a la pérdida de la cordura.

El sentido de lo trágico

Nos va quedando claro que la pérdida será mayor que la ganancia, a nivel individual, que renunciar a lo importante en favor de otros tal vez no siempre tenga las consecuencias favorables esperadas para éstos, aunque en el camino haya pequeños brotes de justicia o se esclarezcan misterios que estaban por resolver. Eso no necesariamente trae la paz, sólo un poco de alivio. Sin embargo ¿es excusa para desviarse del camino de lo correcto, por doloroso que esto sea? Las pequeñas casualidades, aun no totalmente relevantes, entrelazan las historias de cada personaje, estableciendo vínculos y relaciones más o menos sólidas entre todos ellos.

Si bien estas unidades fragmentadas de potencial interés individual podrían tener cierto poder de atracción, la dispersión de las piezas, los errores de ensamble entre ellas, algunos datos accesorios (que parecieron más bien cotilleos que detalles relevantes para la trama) o la escasa fuerza en la intriga de las acciones psicológica y física han hecho que, en esta segunda temporada, la magia de True Detective se desinflase como un globo mortecino. Y por eso no dejamos de ver la serie por si acaso en el siguiente capítulo pasaba algo que la hiciese remontar. Pero no, nos quedamos con las ganas.

 Diván Inquieto, septiembre 2015

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