Intertextualizando a Truffaut (VI) Domicilio conyugal

Según los cánones sociales establecidos, se supone que el paso siguiente en una relación estable es el matrimonio. En función de las épocas y las culturas la edad inicial de los casamientos en el mundo occidental es aproximadamente recién pasada la adolescencia, alrededor de los veinte años más o menos. Retrotrayéndonos algunas décadas puede decirse que, a pesar de cierta inexperiencia vital y en los asuntos del sentimiento, los jóvenes adultos estaban medianamente preparados para enfrentarse con cierto éxito a las rutinas conyugales. Lamentablemente no podríamos decir eso mismo en la actualidad. Los postadolescentes casaderos quieren sus ceremonias fastuosas pretendiendo establecer una correlación entre la pompa del evento y su futura felicidad conyugal, pasando por alto factores como la madurez mental o la necesidad de ‘renunciar’ o al menos transformar el estilo de vida previo a este nuevo estado civil. La consecuencia de todo esto es bastante obvia.

El fantástico comienzo

Observamos a nuestro alrededor cientos de casos, relativamente cercanos o alejados, de historias dramáticas, parejas rotas, insatisfacción generalizada, pena y dolor. En vez de analizar un poco los motivos de por qué sucede esto y realizar un breve y sutil ejercicio de introspección, miramos al frente y únicamente pensamos y creemos que somos lo suficientemente especiales (pero tal vez no lo suficientemente maduros) como para que eso no nos pase a nosotros. Es la etapa rosa de la feliz convivencia marital. El cónyuge aún es maravilloso, los dos integrantes del par viven su particular cuento de hadas: el amor florece, con suerte es posible vivir juntos y solos en un lugar confortable y acogedor que, poco a poco, se irá convirtiendo en hogar y las fricciones de la convivencia todavía no hacen mella en los caracteres de ambos. Se quiere hacer al mundo partícipe del nuevo estado: ‘señorita no, señora’, dice Christine a todos aquellos con los que interacciona.


 

Christine

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Ya no es la jovencita inocente de Besos robados. Mostró su faceta de seductora eficaz reconquistando a Doinel. Ahora desempeña su papel de amante esposa y compañera. Tímida e introvertida pero perfectamente consciente de su lugar en el mundo y sus expectativas. Aficionada a las manifestaciones artísticas. En una de sus salidas regresa a casa con un póster de Nureyev ¿inspirador para ella a nivel artístico por la hipnótica danza y su sensual atractivo?

La lectura, actividad y punto en común con Antoine, a la vez que sutil elemento distanciador entre ambos. Ambos aportan estabilidad económica al domicilio familiar. La pareja se complementa formando un equipo dinámico que sale bien parado de los atolladeros, aunque en situaciones de conflicto no terminan de entenderse y suele ser ella quien cede en los momentos de tensión.

Nace el hijo de la pareja. Ella se siente extraña, sola y alienada. Lo que en principio se promete como vía de realización femenina, la maternidad, se convierte en algo hostil y amenazador. Todo el universo conocido a punto de transformarse. Surge el temor y la incertidumbre de si se va a estar a la altura e incluso la duda acerca de si eso era realmente lo que se quería. Rehuye el acercamiento de Antoine, feliz y pletórico por el nuevo miembro y  haber conseguido crear su propio núcleo familiar, uno de sus mayores deseos desde la infancia.

Con la trampa de Doinel experimenta una importante transformación. Madura, fuerte e independiente, abandona el antiguo estado de damisela en apuros aparentemente necesitada de una mano masculina que guíe su existencia. Esto lleva a que su esposo, desde la distancia y aburrido de esa ‘otra historia’, trate, sin demasiado éxito en principio, de reconquistarla, hasta que… Otros hábitos se instalan en sus vidas.

Antoine

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Todavía un aprendiz de adulto, impulsivo y parcialmente inmaduro, buscando forjar su personalidad a través de sus relaciones y trabajos (empieza tiñendo flores, curiosamente hay una que se niega a cambiar su color, ¿igual que él mismo?). Incrédulo en parte ante las insinuaciones más o menos directas de las féminas. En ocasiones cercano y otras egocéntrico y distante, aprisionado en el pequeño espacio, físico y vital que ansiaba desde su más tierna infancia: una pareja, una familia, un trabajo cómodo, un hogar cálido y confortable en el que resguardarse de los esperpentos exteriores… No contaba con que, a veces, esos deseos materializados pueden acabar generando momentos de hastío y un cierto vacío existencial: ¿y ahora qué?, parece ser la pregunta cuándo se ha conseguido lo que se buscaba.

 

El amor y el sexo

Para Doinel ambos términos parecen estar disociados. El amor tierno es encontrado en los brazos de Christine, a veces. El sexo es algo que ahora parece solo existir fuera de los muros del hogar. Así parece hacérselo saber su propio pasado: Colette, Madame Tabard, Kioko (Hiroko Berghauer) o las prostitutas. No obstante se hace consciente de que tampoco eso llena y que la conexión con la pareja es un vínculo importante y necesario para sentirse completo. Entre tanto Christine se convierte en espectadora, amiga y cómplice de las desventuras de su distante marido.

Aquel amor idílico de la primera etapa del cuento de hadas se ha ido transformando en rutina y costumbre, la magia y las mariposas han volado a otros confines y, en ocasiones, se ve a quien se tiene enfrente como un ‘extraño’ conocido que ¿poco puede aportar(nos) ya?

Kioko

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La fantasía oriental, la novedad, lo desconocido. Los comienzos suelen ser fabulosos y espectaculares. Aparece un elemento nuevo en el espacio mental que ‘promete’ ser la cura de la monotonía, el aburrimiento y los reproches flotantes  en la relación prexistente. Pero… Va pasando el tiempo y también la magia se desvanece. La nueva relación paralela empieza a ser vacua y cargante. Siempre es lo mismo, también hasta aquí ha llegado la rutina. Intenta propiciarse un distanciamiento acobardado, sin decir las cosas directamente, hasta que llega el resultado que se espera: el abandono de la tercera en discordia. Mientras el pasado perdido y añorado se mantiene ahí. Todo ha seguido un ciclo: amor conyugal, pérdida de confianza, abandono, búsqueda de nuevas sensaciones, vuelta a lo conocido y anhelado.

El prostíbulo

En una de sus salidas Doinel se cruza en una sospechosa escalera con el padre de Christine (Daniel Ceccaldi). El paradigma de la armonía familiar, el entendimiento con la pareja y padre ejemplar tiene una vida sexual paralela al matrimonio. Y, ante Antoine, parece no dar excesiva importancia al hecho en sí: ‘por poco bien que esté uno en su casa, es una pena dejarlo del todo’. Una cierta doble moral,  no demasiado inquisidora, que a saber si sería igual interpretada si las ‘despegadas’ fueran las esposas.

El espacio

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La necesidad de tenerlo todo bajo control, de sentirse seguro, las ajustadas posibilidades económicas… Hacen que la vida de la pareja se desarrolle en un minúsculo espacio. Lo positivo es que se trata de un lugar personal, un hogar construido a la medida de sus necesidades en el que se toman las decisiones propias, sin mediación de terceros. Es un pequeño vecindario en el que las relaciones están controladas. El habitáculo donde almacena las flores y tintes se ubica allí mismo, el café en el que se reciben las llamadas telefónicas y es centro neurálgico de reuniones emplazado en el local colindante. Un micromundo manejable, cómodo y resguardado de las turbulencias y problemas del exterior. La llegada del bebé supone ampliar la vivienda con un nuevo dormitorio. Esa reforma implica transformaciones, tanto a nivel estructural como en la interacción de la pareja.

La relación con los vecinos de la puerta contigua (un matrimonio maduro) es un potencial reflejo de lo que puede ser su propia vida en el futuro (en efecto, después de su reconciliación sus rutinas se asemejan a las de ellos).

Parece ser que en las relaciones: conyugales, amistosas o de cualquier otro tipo nada suele ser lo que parece o se espera(ba). Poco tiene que ver con la publicitada idea de un paraíso idílico en el que habitar hasta el fin de los días. Las relaciones, todas ellas, han de ser sembradas, cuidadas, mimadas y maduradas al tiempo que los en ellas implicados evolucionan personalmente y practican algunos ejercicios de renuncia y tolerancia hacia los otros. Pero esto ha de ser recíproco para que funcione de manera óptima.

Anycka HC,  @anycka7,   para Contraescritura, 2013

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