Intertextualizando a Truffaut (IV), Baisers volés  (I)

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Imaginamos que por su desesperanzadora incursión en el mundo del amor después de su fracaso con Colette (Mary-France Pisier), Antoine (Jean Pierre Léaud) anduvo dando tumbos en busca de su identidad y destino. Para mitigar el dolor y llenar su estómago, se enrola en el ejército, donde reparte su tiempo entre la enfermería y el calabozo hasta que es expulsado del cuerpo por ‘inestabilidad de carácter’, como él mismo explica posteriormente con tranquilidad.

Durante este periodo se carteó con Christine Darbon (Claude Jade), una atractiva violinista parisina con la que mantuvo un extravagante juego de gato y ratón del que ella, en ocasiones, no salía bien parada. Al final su amorío intermitente quedó en pausa.

Doinel continúa forjando su extravagante personalidad a lo largo de una serie de ocupaciones dispares: soldado incompetente en el ejército, recepcionista de turno de noche, detective o reparador de televisores, mostrando en todos ellos su inexperiencia, volubilidad e incapacidad para centrarse en las tareas que le ocupan.

Como en los efectos de un caleidoscopio la atención se va focalizando sobre él a través de esos trabajos, en primera instancia, mostrándonos su falta de habilidades para manejar situaciones inverosímiles. En el ámbito de las relaciones con las féminas tampoco sus técnicas de seducción parecen haberse pulido desde sus tentativas previas con Colette.

Su vida habitual se asemeja a lo que era en el pasado. Una pequeña habitación que acoge fragmentos de su atribulada existencia. La búsqueda de la luz, el aire y la claridad  receptivas y expectantes ante nuevas experiencias.

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Claude Jade, Christine

Abandona el ejército  y en la vida civil trata de retomar su relación con Christine.  Sus padres, igual que los de Colette en el pasado, se muestran cálidos y amigables con él (gracias a ellos consigue su  primer trabajo como vigilante).

Involucrado en un asunto de infidelidad es despedido y ‘adoptado’ por el detective que investigaba el caso. De este modo, sin apenas esfuerzo, consigue su siguiente empleo. Sus inicios en el campo de la investigación son torpes y cómicos. Queda patente otra vez la dificultad de Doinel para la exhaustividad y el detalle.

Su relación con Christine es incierta. Ella le busca, indaga, tantea. Él, al intuirla segura, la ignora a medias. Busca su compañía, se acerca y se aleja, no dejándole las cosas en ningún momento claras. Se asemeja en parte a su previa relación con Colette, pero a la inversa esta vez. Es él quien juega a ser el donjuán y ella la víctima. Siente algo por la chica, pero no sabe bien el qué.

El arte del amor es dulce, tierno y agradable, pero a veces se torna rudo, hostil y tortuoso, haciendo que quien se recrea en su juego encuentre a veces confusión, amargura y desamparo, sintiéndose insignificante y compungido.

Cuando intenta robar esos ansiados besos de mujer es burdo y torpe. Acorrala e invade bruscamente el espacio de las féminas, lo que provoca que le rechacen. Incluso Christine, enamorada de él, le rehúye al acercarse a ella de ese modo. Antoine no acaba de entender la causa de esa hostilidad femenina, achacándola al misterio subyacente a la mujer (recordándonos a su personaje en La noche americana preguntando una y otra vez si las mujeres son mágicas), incapaz de plantearse su propia torpeza en la aproximación. Por ello, a pesar de que su objetivo es una relación estable – ‘…pues a mí me sucede lo mismo, hace dos años que voy detrás de una chica y sé que todo es inútil’. Encadena una cita tras otra en busca de algún éxito (generando su propia profecía autocumplida de fracaso). Y entre medias permanece su idilio intermitente con Christine. La duda, el desconcierto y la incertidumbre. Cuando ella se aleja, él se acerca. Si ella se acerca, él se distancia. Quiere y no quiere, puede y no sabe.

A raíz de un caso de la agencia, el de la zapatería de Georges Tabard (Michael Lonsdale) conocerá la veneración por la mujer madura, una obsesión masculina en ocasiones recurrente.

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Madame Tabard

Las compañeras de la tienda le buscan, aun sabiendo que poco tienen que hacer con él, ya que el objeto de su interés es otro. Es un muchacho simpático, dulce, cautivador y atractivo dado a la recepción de confidencias. De ello se sirve para indagar sobre el caso.

Escena nocturna en la zapatería. Él se ha quedado solo, buscando unos zapatos para una clienta que han de ser entregados a la mañana siguiente. Estando en el almacén oye algún ruido extraño, investiga, atraído por un sugerente canto de sirena, como en el mito de Ulises, para acabar encontrando a una atractiva y madura mujer desconocida que se prueba zapatos cual moderna cenicienta en busca de un príncipe que la libere de su monótona rutina conyugal. La bella ninfa, Fabienne Tabard (Delphine Seyrig) es la esposa de su ‘cliente’, y ya le ha hechizado con morbosa elegancia, haciéndole cómplice incluso de sus correrías amorosas al contestar al teléfono para ella.

La celestial influencia de la dama hace que Antoine, ya proclive y orientado al aprendizaje, se decida a estudiar inglés para estar más cerca de esta criatura llegada de mundos fantásticos. Christine acude a verle al trabajo y es repudiada con cierta crueldad por parte de Doiniel una vez más: ‘el amor y la amistad están hechos de admiración, y yo no te admiro, ni cuándo creía quererte te admiraba…’. La irrupción en su mente de la beldad elegante y madura eclipsa sus sentidos, impidiéndole ver lo que tiene delante y podría perder.

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¿Qué responde el Antoine del espejo?

En la soledad de su dormitorio, Antoine declama ante el espejo. Pronuncia repetidamente el nombre de sus dos amadas: Fabienne Tabard, Christine Darbon, buscando que ese cristal mágico le de las respuestas que espera, como elemento reflectante de la verdad, sinceridad, el contenido del corazón y la conciencia que suele ser en los relatos míticos. Intenta averiguar, por el modo de entonar sus nombres, los gestos que realiza ante su reflejo y las sensaciones que todo ello le genera, cuáles son sus sentimientos por ambas mujeres. La mirada perdida, solo fijada en el espejo en un breve momento mientras pronuncia sus nombres para extraviarse después. Christine representa lo fiable, lo seguro, la ternura, la serenidad, la estabilidad y el futuro. Fabienne aparenta ser la experiencia, el saber estar, la elegancia, el misterio, la magia, la esencia de la madre adorable y perfecta perdida. Busca afianzar su identidad, terminar de descubrir quién y qué es en este momento de su vida. Sin apenas ropajes (sólo un liviano pijama, despeinado y cansado después de un día duro) ni artificios que disfracen su personalidad. La respuesta que obtenga de su propio reflejo, el brillo en sus ojos, la musicalidad en la voz y la transparencia en los gestos, será lo auténtico.

Preside la entrada del domicilio Tabard, otro pequeño espejo que, a modo de peculiar retrovisor, distorsiona un poco lo que a su ojo se muestra, como un travieso espíritu oscurecido por la ignorancia (buscada) de lo que en esas vidas acontece por el terror que deviene del autoconocimiento. Aparenta resumir las tenebrosas, escondidas y anodinas vivencias de la pareja Tabard, en  las que sus trayectorias discurren paralelas sin encontrar ya ni un punto de intersección.

La rutina, la monotonía, el desinterés y la excesiva dedicación al trabajo acostumbran a ser demoledores enemigos de las relaciones de pareja. Lo que al principio es agradable, placentero y divertido, acaba por convertirse en insufrible, lo que conduce al desánimo y convierte la unidad familiar en una tortura perpetua.

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Fabienne y Antoine

La señora Tabard, sabedora casual del influjo que tiene sobre los exaltados sentidos de Doinel, coquetea sutilmente con gestos y miradas tiernas. Antoine entiende poco y mal estas señales. Georges comenta con el chico que la mejor manera de aprender un idioma extranjero es en la cama, con una amiguita. Expone la idea con naturalidad, delante de Fabianne, incitando de un modo no explícito a un potencial encuentro entre su atractiva esposa y el joven. Indicios de despotismo en el señor Tabard que podrían explicar por qué ‘todo el mundo le detesta’, como él expuso en la agencia al contratar los servicios de Antoine.

Fantasía y realidad se entremezclan para Doinel, confundiendo la razón y los sentidos. Aun los más experimentados seductores podrían llegar a perderse en situaciones semejantes. Sólo le queda aguardar con tenacidad el desarrollo de los acontecimientos y así tomar la decisión correcta.

Anycka HC en Contraescritura, 2012

Revisión para Diván Inquieto, 2015

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2 comentarios sobre “Intertextualizando a Truffaut (IV), Baisers volés  (I)

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