Intertextualizando a Truffaut (II) Antoine Doinel, rebelde en busca de destino

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Final trascendente de Los cuatrocientos golpes

En ciertas etapas vitales existe la necesidad subyacente de percibir y explorar la libertad, la independencia y la configuración de límites en relación a uno mismo, los demás y el mundo exterior. A veces ese tipo de investigaciones conlleva consecuencias que escapan al control. Nuestro personaje lo sabe bien.

La única concesión materna a los deseos de Antoine en aquella separación consiste en procurar la cercanía del reformatorio al mar (entre los sueños infantiles de Doinel se encontraba poder verlo y sentirlo). Esto será relevante en el renacimiento y reconstrucción de la personalidad del protagonista.

Final de Los cuatrocientos golpes, la fuga de Doiniel, momento crucial. Devuelve un balón que se ha escapado. La duda: ¿reincorporarse al partido con sus compañeros o comenzar con la conquista de su libertad física? La respuesta parece clara: la huida. Una carrera sin apenas pausas buscando el mar. Un cartel indicador que, al borde de la carretera, señala dos direcciones. Todo da igual, no hace falta mirar, se acabó el seguir indicaciones, reglas de otros o pautas, pasa por debajo dejándolo atrás. Sólo está claro el destino inmediato, fundirse con el agua que le invoca entre susurros.

El movimiento de cámara muestra la inmensidad del océano, mientras un Antoine pequeño es casi devorado por ese infinito. Ajeno a la enormidad escudriña el horizonte recreando  el momento tantas veces anhelado. Por fin el encuentro, cara a cara frente al mar ¿Y ahora qué? delata su rostro por un instante infantil.

La perspectiva del nuevo comienzo va tomando forma. Está solo, no hay ataduras familiares, sentimentales ni morales. No existen vínculos de ningún tipo. Como única misión vital en ciernes la creación de una futura existencia.

El chapoteo en la orilla supone un estado de tránsito entre lo contingente y la realidad tangible. Un momento de incertidumbre sobre la dirección a tomar y sus potenciales conclusiones.

El mar como elemento de vida, creador, renovador, con poder desinfectante y transformador de aquello que merezca ser cambiado. Igualmente dador de finales angustiosos, turbulentos o plácidos. Anhelar llegar a otra vida, más pura, más perfecta. Opuesta a la experimentada en este lado. El todo y la nada. Símbolo del corazón, centro neurálgico de las pasiones inconclusas. Enfrente de ese lienzo en blanco Doinel, el pequeño vividor de personalidad visceral y emociones encubiertas equilibrista en la supervivencia. La vida al límite como conclusión de la escena y del juego de funambulismo entre infancia y adultez al que siempre se ha visto abocado el perspicaz Antoine.

Anycka HC

@anycka7 en Contraescritura, 2013

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