El mago de Oz. Iniciación a la fortaleza interior

El mago y tú

Recordamos cómo Anne Hathaway descubrió, en la alfombra roja de los Oscars, el objeto oculto de la urna sorpresa: los zapatos de rubíes que Locasta/Glinda (Billie Burke), la bruja buena del Norte, regala a Dorothy (Judy Garland) para encontrar el camino de vuelta a casa. Esos mismos chapines de propiedades mágicas, convertidos en el amuleto que trae la estatuilla de mejor actriz secundaria por su Fantine, en Les Miserables, a sus manos.

En primera instancia la película de Victor Fleming: El Mago de Oz (1939), y su referente, el cuento infantil de Lyman Frank Baum: El maravilloso Mago de Oz (1900) no habrían de ser nada más allá de un habitual relato para niños a menos que se acometan lectura y visión con una actitud determinada que trascienda al entretenimiento vacuo. La obra consigue su finalidad hipnótica de atrapar al lector/espectador en el desarrollo de la historia por su característica de familiaridad.

Casi cualquiera puede sentirse identificado con el tormento de Dorothy, cuando la perversa y desagradable señora Gulch (Margaret Hamilton)/la bruja malvada del Oeste trata de requisar a Toto, el perro de la niña. Es fácil también empatizar con su pesar mientras intenta, sin éxito, exponer su temor ante los mayores, ocupados en sus tareas cotidianas, ignorantes de la llamada de atención. La muchacha busca escucha y consuelo en los trabajadores de la granja, quienes le aconsejan sobre el modo de enfrentar sus miedos.

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En este punto ya todos nos sentiremos como Dorothy: perdidos, incomprendidos y atemorizados a que las amenazas se materialicen, mientras soñamos con un lugar mágico más allá del arco iris dónde nos sintamos seguros y los sueños se hagan realidad. El bien, el mal, la seguridad y lo incierto coexisten en el mismo momento y lugar. La manera de enfrentar el temor e integrar lo complicado en la existencia es algo que solo puede hacerse en solitario.

El desengaño de la fantasía infantil llega en el momento en que el entorno y las personas dejan de acomodarse a nuestros deseos y caemos de bruces ante una realidad inhóspita. Tía Emma (Clara Blandik) y Tío Henry (Charlie Grapewin) no pueden  proteger a Dorothy eternamente de la pérfida señora Gulch cuando se ve amenazada la precaria subsistencia de la unidad  familiar. El pueblo ganadero de Kansas deja de ser el lugar fiable que hasta entonces fue y la niña no piensa otra cosa que en escapar del terreno de lo hostil.

Comienza la aventura de transformación personal teniendo como punto de partida la protección de otro. Con la valentía ilusoria de ser responsable del bienestar ajeno empieza el camino del cambio y la maduración. Un pequeño equipaje denota la duda sobre un cercano regreso al hogar. Una mirada atrás en señal de duelo hacia lo pretérito. Descorazonadora despedida de aquellos a los que tal vez no volverá a ver.

El temor a lo desconocido y la incertidumbre sobre lo venidero necesitan ser aplacados. El primer encuentro fortuito en la huida ya supone un débil rayo de esperanza en la oscuridad del desánimo. La charla del profesor maravilla (Frank Morgan) mitiga parcialmente la pena de Dorothy, aliviada por encontrar al fin alguien que lee su mente y la comprende, mostrándonos de manera bastante directa la necesidad del hombre de sentirse arropado, escuchado y aceptado por otros.

Un tornado violento e inescrutable se aproxima para cambiar el curso de los acontecimientos, tanto en el estamento físico como el orden mental. Dorothy se halla en el camino de vuelta a casa, aturdida y culpable por haber abandonado a quien la necesita a pesar de su intención también salvadora. Apreciamos en este tipo de acciones de renuncia a los propios intereses en pro del cuidado de otros sutiles influencias teosóficas. No en vano esta disciplina trata de extraer las raíces comunes de todas las religiones a fin de formar una doctrina universal (Madame Blavatski).

A pesar de la vuelta a casa el deseo de reunirse con Tía Em no puede ser satisfecho. Todos se han guarecido en el refugio y ella ha llegado tarde. Busca cobijo en la casa, mas un golpe de una ventana desprendida la sume en la inconsciencia. Comienza el rito iniciático del camino a la madurez.

Kansas se pierde en la lejanía, imágenes oníricas amalgamadas con la pesadilla vital desfilan ante sus ojos, sin saber con ninguna certeza hacia qué dirección se encaminará su existencia. El mundo conocido, monocromático y predecible se ha perdido. Un nuevo universo donde coexisten la perfección, la ilusión y los deseos se muestra esplendoroso, colorido y brillante. El anhelo de la búsqueda de la felicidad y la clave de solución de los conflictos personales  parece empezar a cumplirse.

Tonalidad sepia vs color (lo general y lo particular)

Kansas es el lugar conocido (el concepto de la zona de confort ya tan gastado), con sus luces y sombras, donde apenas hay opción para la magia o la fantasía, si bien las tonalidades sepias de los fotogramas iniciales pueden indicar una necesidad de cambio. El color se transforma en alegoría sutil del crecimiento económico como emergente concepto del sueño americano o un retazo de alternativa y esperanza que intentan buscar su sitio en el devenir vital, el camino de maduración (espiritual) que Dorothy está a punto de emprender.

El camino

Una vez tomada la decisión, a veces fortuita, de la necesidad de cambio no hay vuelta atrás. La bruja buena Glinda, conciencia luminosa de Dorothy, insta a la joven a emprender su transformación, para ello se servirá de los zapatos de rubíes (zapatos de plata en el cuento inicial que servirían como vínculo entre la existencia material y la espiritual) un talismán de protección y sabiduría obtenido tras la derrota de la bruja del Este. El poder conferido a estos zapatos es dado por la palabra. Creer en algo aporta sensación de seguridad y dota de significado las acciones a emprender.

Con un objetivo predeterminado la niña de Kansas (y nosotros con ella) está lista para comenzar su búsqueda. Parece una tarea fácil, no hay más que seguir el camino de baldosas amarillas.

Encuentros

Durante el trayecto ánimo y pensamientos son seguros y apacibles, el sendero no presenta complicaciones. La vuelta a casa está un poco más cerca, hasta que aparece la encrucijada. El momento en el que hay que tomar una decisión y ser consciente de que eso va a modificar el rumbo de la existencia.

vía Frikarte
vía Frikarte

Compartir perspectivas con curiosos compañeros de viaje hará la experiencia más llevadera, así el espantapájaros (Ray Bolger), que anhela poseer inteligencia para adquirir respetabilidad y aplomo, se alía con Dorothy en su viaje a la Ciudad Esmeralda y toma decisiones brillantes durante el itinerario. Un hombre de hojalata (Jack Haley) a quien robaron el corazón es su siguiente parada. Deseoso de adquirir la capacidad de experimentar sentimiento y pasión se une con entusiasmo a la comitiva de búsqueda. La noche se va acercando y el miedo irracional emerge. Los principales obstáculos del camino no son sino los que la propia mente abastece, si bien a veces se combinan con amenazas reales. Un león (Bert Lahr) proveniente de las profundidades del bosque se interpone en su camino. Haciendo acopio de una gran entereza Dorothy recrimina su actitud, desenmascarando a la fiera que no puede ya ocultar su cobardía (truco extrapolable a lo cotidiano: en cualquier entorno en el que hay que coexistir con bullys o mobeadores ¿sabéis que si les replicáis, aparcando momentáneamente el desconcierto o miedo propios, haciéndoles saber que no vais a tomar parte en su juego, es sencillo desenmascararlos y pararles los pies?). Convencido por el séquito para ir en busca del valor se incorpora a la aventura del heterogéneo grupo.

El mago: ¿farsante o mediador?

 El mago y las brujas cartel vía cartelitosface
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Una vez meditadas las disonancias vitales hallamos finalmente la solución al conflicto. El encuentro con el mago no es sino una autorreflexión acerca de la capacidad de maduración y crecimiento individual, que únicamente se logra si hay una firme determinación previa para ello. La aparición del mago es el espejo en el que  los caminantes pueden contemplar su imagen y descubrir que por el heroico modo de hacer en ese viaje han emergido esas cualidades latentes en su interior.

También existe lo que se considera la precuela del mago de Oz, una historia que Baum nunca escribió. Oz, un mundo de fantasía pretende mostrarnos cómo era el reino de Oz en sus orígenes. La llegada del mago Oscar Diggs (James Franco) al territorio. Cómo conoce a las tres brujas del reino: Theodora (Mila Kunis), Evanora (Rachel Weisz) y Glinda (Michelle Williams) y consigue, perfeccionando sus trucos de ilusionista mezclados con ingenio y fantasía, convertirse en una entidad grande y poderosa mientras lleva a cabo su propio proceso de redención personal.

Este viaje espiritual en busca de la madurez y resolución de conflictos se salda con la certeza de que las pistas de la (auto)evolución, maduracion o crecimiento se hallan en el interior de la persona. La conclusión más o menos obvia de esta fábula de múltiple interpretación es que los escollos que aparecen en el camino de la vida no son sino oportunidades para la forja del carácter y la capacidad de tomar decisiones que conforman los rasgos principales de la personalidad del individuo.

Contrastando con la fantasía alegre, luminosa y constructiva de la historia encontramos la gestación real de una de tantas tragedias de vidas truncadas del universo hollywoodiense; la desafortunada existencia de Judy Garland. Pero esto ahora es otra historia. Mientras, sigamos el arcoris.

Anycka HC en Iwrite, 2013

Revisión, junio 2015 en Diván Inquieto.

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