La caída del gigante

Antonio Vega

Antonio

Antonio Vega se ha ido y ya no podremos llamarle. Tal vez nos escucha, incluso nos mira, incrédulo unas veces, merecidamente altivo otras. Fariseos e incondicionales nos dolemos por la pérdida aunque al tiempo sabemos que él sigue aquí como una de esas criaturas inmortales que sobrevive a los tiempos.

El camino casi nunca fue fácil. Muchos baches y tropiezos magullaron su alma inquieta. Como no podía ser de otro modo, también el último proyecto aparentó ser maldito. Un documental inédito en el que su protagonista desvela aspectos desconocidos de su persona batalló sin rendición hasta conseguir ver la luz. Del mismo modo que su propia existencia, esta crónica: Tu voz entre otras mil, intentó abrirse camino a trompicones para que su estreno, no exento de cierta polémica por algunas partes de su enfoque, pudiera coincidir con el momento en el que decidió marcharse.

Aquel día nos quedamos un poco más huérfanos. Una persona brillante, otra más, nos había abandonado. Y esta vez no iba a ser una ausencia temporal. En esta ocasión aquello era un retiro para siempre. Ahí quedaba su legado de melancólicos recuerdos. Una colección de historias como sólo aquellos que han sentido demasiado pueden transmitir de un modo mágico.

Y se fue a ese lugar en el que alguien le esperaba. Desperdigando recuerdos nos  mostraba cómo tristeza y languidez también pueden ser hermosas. Y en infinitos momentos esa voz dulce y nostálgica era capaz de hacer aflorar un torrente de lágrimas.

Escuchar esas palabras es transportarse al último y recóndito lugar donde se ocultan los sentimientos. Un espacio en el que refugiarse y a veces regurgitar los dolores anímicos mientras se abraza con estoicismo la agridulce melodía de lo trágico.

Y la Chica de ayer irrumpió en el Penta como un vendaval en aquellos años de la movida orgiástica. Pero nadie la echó pese a su entrada tardía casi al terminar la fiesta. Y acabó quedándose, y se aferró a nuestras almas de tal modo que hoy es imposible recordar aquella época sin que la chica de cabellos dorados asome por el subconsciente. Y también él estaba ocupando su sitio, el trono destinado sólo a los más grandes, a aquellos cuya dispar manera de percibir lo real hace que tengan infinitos mundos para compartir y que el suyo se le haya quedado pequeño.

Han pasado ya seis años. Demasiado tiempo soportando soledades, masticando lamentos y evocando recuerdos de ese poeta sensible, del espíritu atormentado que no acababa de encontrar su espacio mientras iluminaba el camino para los demás.

La fragilidad se convirtió en su mayor fortaleza y en nuestro volátil refugio. Un lugar en el que recrearnos sin apenas saber cómo fuimos a parar allí. Y en los momentos más bajos nos identificábamos con él, lo sentíamos como parte de nuestra vida. Esa cara oculta que no queríamos mostrar pero de la que tampoco renegábamos, al menos en soledad. Una vez más parecía confirmarse esa suerte de tópico según el cual las personalidades más taciturnas y solitarias se expanden al subirse a un escenario, y él no iba a ser una excepción.

Los primeros acordes resguardaban su aparentemente esquivo espíritu y poco a poco las guitarras le envolvían para desgranar su alma. Y aquella voz que tanto quería contar, con lo infinito por compartir, se hacía grande. Y nosotros nos volvíamos pequeños y podíamos soñar y fundir nuestra angustia con la suya hasta quedar liberados, pero él no.

Sumergido en universos propios, lejos de convencionalismos, justificaciones y normalidad contribuía desde su aparente distancia, aquella en la que los introvertidos se parapetan, a mejorar la existencia de otros, expulsando temores y drama. Manifestaba veladamente la amenaza de lo irracional, esa clase de dolor consciente pero incontrolable. Buscando redención y cobijo entre letras y escenario convirtiéndolos en bálsamo para los propios pesares internos.

Por eso muchos nos sobrecogimos aquella mañana en la que supimos que esa vez se marchó para siempre y que ya no iba a volver. Nos hallamos compungidos, desvalidos y extraviados. Y hasta el último resquicio de mi ser se desintegró por un momento. Un fatídico 12 de mayo en el que la batalla entre deseo, fantasía y realidad concluyo con la derrota. Te fuiste y nos quedamos solos.

Anycka HC para Iwrite, 2013

Revisión en Diván Inquieto, mayo 2015

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