En Terapia (III) ¿Cómo es la vida en el otro lado?

la vida en el otro lado
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¿Qué ha sucedido en mi vida?

En la vida, al desmontarse las resistencias empezamos a dejarnos ver, mas al llegar a lugares oscuros y recónditos de la memoria  en ocasiones vuelven a levantarse inmensas murallas, ofensivas y defensivas. No somos capaces aún de asumir o entender algunos de los mecanismos de nuestra faceta más tenebrosa a pesar de saber que ese guía está enfrente observándonos, escuchando, velando por nuestro equilibrio interior. Su labor no es juzgarnos sino devolver, desmenuzados, explicados o transformados, los irracionales o distorsionados y a veces infundados pesares.

El inicial contrincante nos enfada a veces, induciéndonos a la huida, a la confrontación directa o al mutismo absoluto. Y, a pesar de todas los obstáculos e impedimentos sigue ahí, imperturbable, a veces hierático y aparentemente distante, otras cercano, dolido y emocionado. Todo el proceso terapéutico tiene a veces un aura casi mágica. En ese momento es cuando, aquejada por los dolores del alma, la persona se pone en sus manos, se siente arropada, cómoda y segura por fin. Y le cede todo el poder, pensando que el terapeuta es una especie de hechicero capaz de disipar sus traumas, miedos, errores e incertidumbres con algún tipo de conjuro mágico.

La sesión de terapia no es habitualmente el camino de baldosas amarillas, ni el guía es el mago de Oz, ni en la fantasía ni en la realidad. No obstante, es bastante factible que durante el viaje de búsqueda del reino mágico, que ha de ser nuestra propia existencia, nos vayamos haciendo conscientes de lo irracional de las ideas, de la manera de enfocarlas y de la distorsionada interpretación que en ocasiones hacemos de ellas. Ahí si se despliega parte de la magia. El relacionar algunas secciones del actual discurso con eventos precedentes significativos de nuestras vidas proporciona una nueva visión, y potencial solución, para esos dramas anímicos que nos han llevado hasta su presencia.

Somos en ese momento conscientes de nuestros propios y volubles límites, de que puede ser adecuado romperlos, eliminarlos, expandirlos o modificarlos en función de los nuevos aprendizajes. La ardua tarea del ‘contrincante’ no es adoptar tal papel, ni ser condescendiente, ni compasivo. Su clave es ser empático,  restituir la formulación de las dudas haciendo hincapié en la forma, no solo en el fondo, ya que el modo de transmitir la idea de vuelta debe ser lo que porte la información.

Las distorsiones deben retornar desmigadas y analizadas constructivamente en ese espejo. Surgirán nuevas dudas, más confrontaciones. Y el fondo resultará totalmente intrascendente si la forma no es la adecuada. A priori solo somos capaces de asimilar lo más inmediato, todo lo demás queda difuminado, pero nos enseñará a realizar más de una interpretación de nuestros actos y comprenderlos. La palabra tiene una capacidad balsámica. Esto es lo primero que espera aquel que expone su pesar, y es el único poder mágico que tiene el que escucha. Su misión es, en ese momento de vulnerabilidad, ayudar a la recomposición anímica del interlocutor, capacitarle para que se sienta válido. Después llegará el momento de la reconstrucción acerca de la manera de interpretar la realidad.

La posición del que analiza no acostumbra a ser cómoda, ni sencilla, ni fácil. El juego de roles aísla de las otras realidades a las que tiene que enfrentarse en su vida cotidiana. Cuando se apaga la luz, cuelga su traje de superhéroe para convertirse en un igual. Y en ocasiones es un punto de fuga. Porque la realidad privada también tiene luces y sombras. Y cuando la vida cotidiana es satisfactoria los asuntos públicos se acometen de distinto modo. La interpretación del papel de ayudante auxilia en el autocontrol de las emociones, saliendo de si mismo para tratar de salvar a otros de dramas anímicos semejantes a los suyos.

El proceso de la terapia se basa fundamentalmente en la empatía, en la ruptura de las barreras mediante la habilidad de ponerse en el lugar del otro. Y eso no es ficción y, por tanto, también llega a ser a veces lacerante y angustioso para el que se queda allí. En el momento en el que se baja el telón, llega la incertidumbre, el dolor, la desesperación. Todo lo bueno que se es capaz de hacer en esa guarida del consultorio, esas reinterpretaciones de realidades distorsionadas, dolorosas y dramáticas desaparecen al emerger la persona privada, al aparcar la máscara de adaptación al mundo social, esa con la que se autoconvence a veces de que fuera del rol de terapeuta analítico no puede dejar de reintepretar cada acto de su propia vida.

La existencia de Guillermo Montes se desmorona. Ahí está, en la misma tesitura de aquellos a quienes trata. El héroe que sabe qué decir a los otros no es capaz de lidiar con su maltrecha vida personal. E inconscientemente cree que si baja la guardia los demás casi podrían interpretar de igual modo su mente, captar sus inseguridades, dolor y desvelos. Cuando visita a su propia terapeuta, Lucía (Norma Aleandro en las temporadas I y II), en principio en modo de igualdad de condiciones, acaba levantando muros, generando resistencias, defendiéndose de fantasmas intangibles. Se convierte en otro mortal más al que le cuesta admitir sus carencias, responsabilizarse de sus errores para enmendarlos. Llora, siente y padece igual que los otros.

El lugar físico de la terapia se acaba convirtiendo en la mejor zona de seguridad. El espacio en el que, gracias al entorno acogedor y a la intimidad/necesidad que le profesan los que con él comparten esa estancia, se siente verdaderamente importante e invulnerable y donde puede ser él mismo, o la persona que le gustaría ser, lejos de los propios conflictos que, igual que aquellos que acuden a verle, no siempre sabe cómo resolver. En cierto modo sí gusta de pensar que este ambiente, esa otra vida fuera de la vida cotidiana, es el reino mágico de Oz.

Los visitantes asiduos también lo entienden así en cierto modo. A medida que se van derribando barreras tratan de hacer suyo ese espacio que comparten. A veces invadiendo más o menos inconscientemente la zona del terapeuta. Llegando a compromisos y acuerdos que son válidos en la medida que ayudan a la comodidad, sinceridad y confianza en el proceso.

Su propio proceso de terapia es tan incómodo, complicado y difícil como los que tiene que tratar. Se resiste a salir del rol de ayudante/rescatador interpretador del dolor de otros, incapaz de asumir la falta de control y de racionalidad sobre el suyo propio. Su primer paso también habrá de ser descubrir al enemigo para poder enfrentarlo. En ese momento empezará la separación de sus representaciones vitales y el intento de reconducción y mejora de la propia vida normal.

Anycka Hc, @anycka7, para Factory magazine

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