Shame ¿De qué te sientes culpable?

Pudor, hipocresía y algo de lo que avergonzarse

¿Qué, quién, cómo y cuándo se decide que un comportamiento es vergonzoso y reprobable? El que acusa suele ser portador de una buena dosis de doble moral, cinismo e hipocresía latentes. Es muy fácil juzgar las conductas ajenas y ser benevolente con los propios actos que merecerían autocensura. Únicamente lo que trasciende al estadio público, dificultando el funcionamiento en la vida cotidiana o dañando la integridad de otros podría considerarse como un estado alterado de la consciencia si quien está aquejado de algún mal se siente o encuentra perturbado por ello.

Brandon (Michael Fassbender) se despierta. Desnudo se dirige al cuarto de baño. Se masturba en la ducha. El trayecto al aseo nos va introduciendo en su vida, que se refleja en ese apartamento: minimalista, pulcro, blanco, ordenado, algo aséptico y casi artificial. Su mente y su vida concisas, estructuradas y organizadas, intentando siempre evitar el caos que acecha tras el mensaje recurrente en el contestador. La demanda de atención constante que oye cada mañana sin escucharla…

Espera el metro. Durante el trayecto observa a los pasajeros. Tantas vidas diferentes como personas. Una mujer enfrascada en su mundo feliz, frente a él, empiezan los contrastes. Día tras día la misma rutina, intercambio de miradas. Ella le sonríe en respuesta levemente vanidosa al flirteo sutil. Breves retazos de fantasía sexual. Todo empieza como algo ilusorio, simple interés carnal… Lujuria y prohibición se entremezclan. El contacto visual es cada vez más largo, los límites de la insinuación se prolongan. Pero en el momento crucial asoma la cordura y el umbral del deseo se desvanece, no por falta de curiosidad sino por la aparición del sentido del deber. La misma pieza musical da coherencia a todos los elementos enlazando las secuencias de la rutina matinal del héroe.

Detalles para la caza

La incertidumbre, el pavor o la decepción en las relaciones personales activan el instinto depredador, que conduce a ver a los otros como meros objetos destinados al placer sexual, elementos de intercambio o simples figurantes para mitigar el vacío y la temida soledad. Muchas veces sin llegar al nivel de consciencia necesario para darse cuenta de que  también se puede ser presa si no se juega adecuadamente la mano. En ocasiones un alarde de sinceridad aparenta ser el mejor farol, eso traerá pingües beneficios asociados.

Cuando el jefe David (James Badge Dale) y sus compañeros celebran en el bar el éxito de la reunión con sus clientes, este pretendido macho alfa tratará de conquistar como diversión de la noche a una mujer de la que se ha encaprichado, quiere mostrar a sus súbditos su dominio en el juego de la seducción furtiva. Brandon le alienta a empezar el ritual del cortejo (a sabiendas de que fracasará). David se acerca al grupo de mujeres, ignorando no muy sutilmente al resto del grupo (error), se autopresenta a su presa. Como introducción a sus habilidades comienza vanagloriándose de sus éxitos ante ellas, fanfarroneando al mencionar que la clave es fijarse en los detalles.  Pronto quedará clara su torpeza en este ámbito.

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Para convertirse en cazador triunfal hay que buscar la coherencia entre palabras (o gestos) y acciones. Brandon entra en escena de pasada. Con una sola mirada furtiva acierta el juego. Se convierte en macho dominante, sin pretenderlo abiertamente (pero sí en la sombra). La presa es suya, si la quiere. La noche acabará con Brandon metiendo a David, fracasado en sus burdas artes de seducción, en un taxi. Camina por la calle, un coche para a su lado. La chica del bar se ofrece a acercarle a casa. Su victoria estudiada por los detalles desemboca en sexo morboso en un callejón.

Aún en una vida lineal, ordenada y estable, existen rincones oscuros, dolores antiguos y algún terror ancestral que al destaparse amenazan con desmoronar los cimientos del presente, por sólidos que éstos sean a veces. El dolor, el sinsentido, lo inexplicable. No deben ser arrinconados en la tiniebla sino aceptados e integrados en el devenir vital, tomando plena consciencia de que no son el enemigo invencible. Sólo elementos distorsionadores de la realidad actual. Hasta que un inesperado cataclismo pone cada cosa en su lugar.

Luces y sombras acosan el alma

La inestabilidad de Sissy (Carey Mulligan) vuelve a entrelazarse con su propia existencia. Caos, desesperación y angustia. Se reabre el portal de la incertidumbre. Ha llegado como un huracán. Con avisos previos: aquellas llamadas de teléfono que él eludía, los mensajes en el contestador a los que no hacía caso… Indicios de que ella iba a irrumpir en su vida de nuevo. Ha venido a la ciudad para actuar en un club de jazz.  Sissy se balancea en el borde del andén mientras  hablan esperando el metro. Brandon la reprende. Ella ha confirmado que le importa. Igual que la noche anterior, cuando suplicaba a su novio por teléfono y Brandon se entristecía escuchando los sollozos desgarrados de su hermana al otro lado de la pared… En el pasado solía evitar ir a sus actuaciones. En esta ocasión acepta,  acude al recital de Sissy acompañado por David.

Ella entona una sombría, triste y decadente versión de New York, New York que contrasta con el brillo, éxito y estilo que la ciudad pretende ofrecer a inquilinos y turistas. Brandon sintoniza con su amargo dolor, se establece un momento simbiótico entre ambos, mente y alma se unen durante un instante. Por la mejilla del hermano rueda una lágrima melancólica y triste, con una pretensión de redención para la pesadilla vital de Sissy. Pero no puede salvarla, sólo ella puede y debe reconducir su propia existencia, aunque no sabe si quiere o cómo hacerlo.

Al terminar la actuación, con su vestido etéreo y sensual, revestida de un dulce aura de inocencia oscura, se reúne con Brandon y David que, en su ansia de aventuras, acaba seduciendo a la inestable chica. Visiblemente molesto por la situación ha de llevarlos a su propio apartamento para que continúe el flirteo. No quiere algo así para su hermana, David es un  personaje frío, egocéntrico, casado y manipulador que acabará rompiéndole el corazón, una vez más. Se desviste mientras escucha los sonidos del sexo  repulsivo e inestable (otros dirían que el suyo lo es). Huye a correr como medio de expiar el dolor y asco que siente, ocupando siempre un extremo del plano, casi pasando desapercibido entre el fondo de esas calles iluminadas y caóticas, oscuras y decadentes al tiempo. Igual que en la desgarradora versión que cantara su hermana. Amor, dolor, placer y hastío amalgamados y disociados.

Elasticidad moral

¿Dónde se encuentra la frontera entre lo prohibido y lo permisible? En relación al  elemento sexual hay un gran componente de hipocresía social. Se expone y a la vez se esconde, se censura pero se busca. Se engaña aunque no se admite, se critica y repudia aun ejecutando el mismo tipo de comportamientos… En David encontramos un ejemplo de: torpe depredador compulsivo que no para hasta conseguir una presa. Doble trofeo: mujer inestable, solícita y necesitada de afecto y humillación indirecta para Brandon, el cazador en la sombra que suele llevarse las presas. Al regresar de la carrera ha de recoger los restos de ese sórdido combate. Todos sus espacios han sido invadidos. Esto es algo que le resulta insoportable y traumático.

La mañana siguiente nuevas lecciones de doble moral. Mientras David es acosado telefónicamente por Sissy atiende una videoconferencia con su hijo, que busca apoyo  para zafarse de una orden materna. Dulce escena de hipócrita y engañosa armonía familiar. Brandon acude al despacho de David y es acusado de tener un disco duro ‘sucio’: sexo en múltiples variedades. Pero no hay ningún problema con una vida de engaño e hipocresía.

 ‘Hay que estar muy enfermo para ver todo el día esa mierda’.

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El depredador frustrado, que engaña a su mujer siempre que alguien se lo permite, se convierte en juez de la conducta de otro únicamente por ser consumidor de sexo, sin manipular ni jugar con los sentimientos de terceros.

Aunque su relación con el sexo aparenta estar revestida de mecanicismo Brandon también se cita con mujeres reales. Cena con Marianne (Nicole Behare), compañera de la oficina con la que mantiene un flirteo sutil en el trabajo. El encuentro está plagado de los lapsus y nervios habituales en las primeras citas: conversaciones intrascendentes salpicadas de detalles de la propia vida. Historias  que hacen que se vayan integrando los rasgos que gustan del otro con los que no se sabe cómo encajar pero pueden tolerarse y van conformando una impresión sobre la persona de enfrente. Diálogos despersonalizados aparentemente que llevan a la exposición de opiniones personales sobre la estabilidad, la monotonía o el hartazgo en las relaciones.

‘Ves parejas que no se hablan por que no tienen nada que decir…aburridos el uno del otro’.

Miedo a la decepción, al dolor, al abandono y la rutina asfixiante. No es temor, ni huida del compromiso, ni evitación. Brandon es una persona honesta, conoce sus límites, sus debilidades, los acepta e integra en el conjunto de su personalidad. No evita el vínculo amoroso, simplemente por ahora no cree en él. Al dejar el restaurante pasean por la calle, conversando animadamente. Continúan las confidencias inocuas, pero lentamente van dejando que el otro entre un poco más. Lo que empieza a suceder no es artificial ni frío, se gustan y empiezan a importarse. Brandon se complace en proporcionar placer a las mujeres, disfruta verdaderamente con ello. Esto puede eliminar en ocasiones cualquier vestigio de pura transacción.

El espacio propio

Ya en casa él se masturba en el cuarto de baño. Sissy llega y le  sorprende. Tiene lugar un enfrentamiento violento. Ella, consciente del avasallamiento de su intimidad intenta disculparse, él no quiere escucharla. Brandon siente invadido todo su espacio personal: el entorno físico dista mucho de su escrupuloso orden y limpieza habitual. Su espacio mental se estrecha y distorsiona cada vez más. Ella se marcha. En un arrebato de vergüenza e ira Brandon se deshace de todo el material pornográfico  que  guarda en casa, incluido su portátil. Su cita con Marianne, una persona real que le atrae, y el hecho de ser sorprendido por su hermana en un momento íntimo hacen que sus planteamientos vitales den un giro súbito. Su universo personal ha sido asaltado, la masturbación mecánica,  parcialmente culpabilizadora y el potencial regreso a una relación madura, equilibrada y normal conducen a que, de modo radical, quiera dejar atrás esa vertiente sórdida de su manera de entender el sexo en solitario. La turbación no es en sí por llevar a cabo ese tipo de actos sino por el hecho de la privación de intimidad, por ese asedio de que ha sido objeto.

En la oficina, al día siguiente, besa a Marianne. La secuestra llevándola al hotel de amplios ventanales donde la noche anterior, antes de su cita, contempló a una pareja practicando sexo. En un intento de evasión feroz, Brandon esnifa cocaína en el baño. El encuentro es tierno, lascivo y sensual, combinación de sentimientos y sensaciones no muy conocida para él. El pavor, la droga, el desconcierto y la distorsión de no sentirse merecedor de algo así le hacen perder la erección y avergonzarse por ello. Su rostro se desencaja, mostrando tristeza y decepción por ser incapaz de acercarse a lo esperable, a lo normal. Marianne se va y no deja que la acompañe. Apenado y compungido, no se siente digno de una relación física de erotismo y vinculación emocional con otra persona. Solo cree ser, otra vez, una máquina apta para sesiones de sexo frío y mecánico. Por eso llama de nuevo a una prostituta para un encuentro en ese ventanal. Se queda solo después allí, contemplando la puesta de sol como un modo de búsqueda de resurrección e inmortalidad simbólicas. Intentando aferrarse desesperadamente a su intención de cambiar de vida, de poder llegar a sentir la conexión de una persona a su lado. Igual que todos los demás, pero de un modo mucho más honesto y especial.

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El desvalimiento emocional

La necesidad de apego y establecimiento de lazos afectivos familiares  también es algo que ambos hermanos desean y buscan. Él abraza a su hermana tiernamente en el sofá cuando ella se lo pide. Brandon oculta su vulnerabilidad en hostilidad y aridez por cierto terror irracional al retorno del pasado; ese lugar en el que el sexo era algo turbio y tenso y las relaciones familiares un lugar inhóspito. Además necesita su propio espacio, en el que decidir cómo, por qué y con quién compartirlo. Sissy es una persona emocionalmente inestable, necesitada, de un modo rayano en lo compulsivo, de cariño, apoyo y protección. Los dibujos animados de fondo ilustran esa burbuja infantil de hipotética seguridad, calidez y protección que se supone en un hogar, de la que ellos carecieron, además de una casi invisible tensión sexual entre ellos, que también nos sugiere algún episodio pretérito. Todo este cúmulo de sensaciones y acontecimientos llevan a que con frecuencia cualquier discusión entre ellos termine de modo violento, produciéndose la misma secuencia cíclica: enfrentamiento, pérdida esporádica de la cordura, huida, dolor, remordimientos…

No somos malas personas, solo venimos de un lugar malo’

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Una vez más, después del enfrentamiento, la oscuridad se cierne sobre él. Huye del apartamento, desaliñado, evadiéndose de sí mismo, pensativo, taciturno, sin rumbo alguno, esperando acción. Casi durante toda la escena exclusivamente las manos hablan: tensión, dudas, incertidumbre, necesidad de cambios radicales…

Pero antes de eso, de nuevo caminará por el lado salvaje, inmundo, pérfido y desesperado en busca de sensaciones, invocando al dolor como único modo de expiación de los propios demonios. Uno de esos momentos en los que gustamos de regodearnos en el desconsuelo, la sordidez y la desesperación. No es bueno, no es placentero, no es agradable… Pero al menos es válido para sabernos capaces de sentir algo.

Entra en un tugurio oscuro, un ambiente radicalmente distinto de los que suele frecuentar en sus escasas salidas. Una chica atractiva se acerca a la barra, colocándose a su lado y le saluda sonriente. El cazador frío y libidinoso asoma en sus ojos de nuevo, desplegando su encanto magnético, poseyéndola con susurros lascivos. A ella le gusta, se pierde en sus palabras mágicas y sucias. Se abandonaría con él en un momento solo por experimentar todo aquello que calienta sus sentidos. Desafiante, el cazador continúa con su asedio lúbrico ante el novio de la chica. Necesita coleccionar experiencias que llenen el inhóspito vacío que le posee. En la calle el hombre le propina  una paliza. No siente nada. Se ha convertido en un observador de su propia existencia. Sigue deambulando. Intenta acceder a uno de esos clubs que frecuenta en su otra realidad. Pero en esta, con su indumentaria desaliñada, le es denegada la entrada al local a pesar de su insistencia. Termina adentrándose en un antro gay. Lo recorre observando parejas de hombres en actitudes eróticas. Alguien le conduce a uno de esos rincones semiprivados, le besa y se deja hacer. Busca algo más con que aumentar el acopio de sensaciones, lo arrastra hacia abajo para que su fugaz partenaire le deleite con una felación. La sensación es extraña: ¿placentera, asquerosa, vacua? No sabe cómo catalogarla. Esta noche es su propio voyeur, no hay conciencia ni memoria. Los acontecimientos atraviesan su mente como fotogramas de película para un solo visionado. Al abandonar el local un extraño espejo deforma la realidad. Igual que sus propios pensamientos distorsionados, su realidad inmediata y su vida.

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Un breve retazo de la otra existencia: llamada telefónica desesperada de Sissy. Él no sabe si puede quererla u odiarla. Por el momento la detesta, así se lo indica, haciendo de nuevo caso omiso a su llamada. Se refugia del dolor que el mundo exterior le asesta en un prostíbulo. Es su manera de escapar de sí mismo, de descargar sus pensamientos, de arrancar la aflicción que paraliza su alma. No se preocupa de sentir placer, es lo menos importante. Solo quiere expulsar su desesperación, toda la rabia contenida.

Regresa al hogar. En la estación desalojan el tren por lo que parece ser un suicidio. Telefonea con insistencia a su hermana. No lo coge. Desesperado corre hacia el apartamento y la encuentra desvanecida en el baño, bañada en sangre. La ambulancia llegua a tiempo y Sissy vive. En la habitación, a su lado, acaricia con ternura los cortes de sus brazos, recuerdos de todas las historias del pasado. Abandona el hospital, redimido y renovado.

La noche sucia, infernal y desdoblada por fin acabó. Las plegarias han sido escuchadas. Sissy ha vuelto y Brandon está terminando de purgar su alma. Una cortina de lluvia purifica el entorno y la conciencia. El llanto desesperado anuncia el final de la etapa oscura. Todo ha acabado y se avecina un nuevo comienzo. Vuelta a la rutina habitual, viaje en metro a la oficina.

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Los sentimientos contenidos acabarán saturando cuerpo y alma si no consiguen la canalización adecuada. Ira, vergüenza, rabia, odio y dolor tienen sus propios procesos desencadenantes y un momento catártico en el que se transforman o desaparecen solucionados después del descenso y retorno de los infiernos personales.

En el vagón su mirada vuelve a cruzarse con la de aquella chica del principio, ya no tan inocente. Convertida en cazadora y mercenaria ¿Solo para él? En pie, con un aura de lujuria contenida. Su mirada le atraviesa, le busca, se insinúa provocadora. Uno de los anillos que lastraban su dedo ha caído. Ahora parece ser libre y quiere más. Desde entonces esperaba, fantaseando con este momento. Brandon mantiene el contacto visual, solo con curiosa neutralidad, desprovisto de aquel tinte sensual del pasado. Ya no suscita su interés. Ella abandona el tren, expectante porque él vuelva a perseguirla. El depredador salvaje ha perdido el punto de locura. Ya no busca piezas furtivas, se ha retirado a las sombras esperando la calma.

Algunas veces las cosas no son lo que parecen, en realidad casi nunca. Sólo tenemos visiones y versiones subjetivas y parciales de una escena, acontecimiento, trayectoria o momento. Es lo fácil, es lo menos complicado y lo que más adeptos potencialmente nos hará ganar. Por ello tal vez una manera de avanzar sea ampararnos en la recopilación de los máximos datos posibles. Y, en última instancia, en la duda.

Anycka HC

Versión 2015 para Diván Inquieto (versión antigua en Iwrite).

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